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21-07-2015

Epidural: Una ventaja frente a muchos inconvenientes

El dolor, por ser dolor, no es malo, no es inútil. Su papel va mucho más allá de molestarnos. Nos avisa que estamos de parto, genera movimiento por muy agotada que se esté...

Hace mucho tiempo, en los primeros años de la década de los 80, viviendo en Euskadi, me iniciaron en la asistencia de partos domiciliarios. Sí, digo me iniciaron porque entré en ese mundo casi de puntillas, requerida por mis amigos Elena y Santi, que se empeñaron en parir conmigo y en su casa. Nada menos que después de un anterior parto domiciliario con resultado de muerte neonatal. Un reto por el que les estaré agradecida de por vida.
Nunca fui demasiado intervencionista, pero tampoco tenía muy desarrollado un criterio propio acerca de cómo ejercer mi profesión. Había recibido una buena formación ortodoxa y un ejercicio profesional de tres años aproximadamente. Y me dejé llevar. Ellos me enseñaron a no hacer nada... aunque yo, con toda mi buena voluntad y todo mi bagaje académico, le propiné una episiotomía que todavía me duele. No obstante quedaron satisfechos y, después del nacimiento de José les atendí también el de Luna.
Desde entonces quedé deslumbrada por la naturaleza de los partos, y enganchada a la no intervención.

Después de José, y antes y después de Luna, hubo muchos más...
A su vez, en esos años, llena de sana inquietud, comencé a acudir a las Jornadas de Châteauroux, organizadas por aquel hombre tan pintoresco, sabio, pasional, luchador, generoso y entrañable que fue Max Ploquin (obstetra francés quien promovió toda su vida el respeto a las madres, a los bebés y a los padres durante el nacimiento; hasta su muerte, en 2012). Y fue en Châteauroux, a comienzos de la década de los 80, precisamente, cuando comencé a oír hablar de la anestesia epidural para los partos.

En estas Jornadas se juntaban muchas personalidades del parto natural a nivel mundial, la traducción simultánea era a cinco o seis idiomas, y los debates y exposiciones muy interesantes. Estar allí era un privilegio bastante asequible a cualquier bolsillo.
Sin entender demasiado de qué se hablaba, me quedé con una frase que decía Max Ploquin sobre las epidurales: “La anestesia epidural en el parto es el primer eslabón de una cadena de intervenciones”.

Mucho he pensado, aunque el cerebro hace tiempo que me arde, si atreverme a acometer la tarea de lanzar el tema a debate, de ponerlo en cuestión y de encontrarle a este asunto su justo lugar. Y por fin he decidido sacar el valor de la trastienda, desempolvarlo y poner a bailar a las epidurales.

He de confesar que me gusta leer, pero me traiciona la memoria y fácilmente olvido los datos. De cualquier manera, todos sabemos cómo se manipulan los mismos, de tal forma que nos pueden servir para apoyar una tesis o la contraria, dependiendo de quién o para quién se interprete y, además tampoco se nos esconde que hay datos para todo. Por eso voy a ser un poco más atrevida y voy a hablar de mi experiencia y mis conclusiones.

Mi tesis es que, un parto con epidural, no es un parto normal porque es un parto intervenido.

Lo primero que constato es que, efectivamente exige, de entrada, monitorización constante y vía intravenosa. Y en el transcurso de la dilatación, es bastante probable que se precise también administrar oxitocina sintética y controlar cambios posturales. En el expulsivo, es muy frecuente que los pujos deban ser dirigidos y que el parto se instrumentalice (hacer uso de elementos externos para sacar al bebé del canal del parto como fórceps, espátulas o ventosa). En estas circunstancias es habitual la aparición de fiebre durante el proceso del parto, con la consecuente taquicardia fetal, que aumenta la posibilidad de tener que administrar antibióticos a la madre y pinchar al bebé para ver que sus analíticas sean normales.

También es usual que se altere la postura fetal, concretamente, en lugar de nacer con la barbilla pegada al pecho y la parte delantera mirando hacia la espalda de la madre (posición fetal correcta), los bebés se colocan con el cuello estirado y mirando hacia la parte delantera de su madre, lo cual dificulta bastante la bajada, retrasándola en el mejor de los casos.

Estas son sólo consecuencias en el aspecto mecánico, al que habría que sumar un capítulo sobre los efectos secundarios, y otro sobre los desajustes hormonales que provoca el uso de anestesia epidural en el parto. Me limito aquí a comentar los efectos en la marcha del parto en sí mismo, lo que ve a simple vista alguien mínimamente observador. Pero lo que no puedo omitir es el des-empoderamiento creciente de las mujeres. Las parturientas se ausentan de su propio parto, perdiéndose el privilegio exclusivamente femenino de ser agentes activos de la maravillosa experiencia corporal y espiritual de ser dadoras de vida.

Ahora se conduce, se pilota su proceso y vuelve a ser otro el que sabe, otro el que dirige, otro el que ostenta el poder. Si seguimos en esta línea, ese momento sagrado en que una mujer corona el rito iniciático de convertirse en madre puede pasar a la historia.

¡Qué sutil y... qué fácil! vendiendo la moto de quitar el dolor. Lógico, el dolor no nos gusta nada. Ni el físico, ni el psíquico, ni el afectivo, ni el espiritual... Pero el dolor, por ser dolor, no es malo. El dolor, por ser dolor, no es inútil. El dolor, en muchos de nuestros procesos, tiene su papel que va mucho más allá de molestarnos. El dolor nos avisa que estamos de parto- Eso está bien, pero claro, una vez avisadas, ¿para qué queremos más dolor?.

Viendo a las mujeres parir con epidural he querido ir más allá buscándole sentido a ese dolor.

El parto, desde el más doloroso al más llevadero, mueve tantas energías en todas nuestras estructuras que nos deja exhaustas. De hecho, la mayoría de las mujeres cuando se ponen la epidural, si no se realiza demasiado precozmente, lo primero que hacen es quedarse profundamente dormidas un largo rato, quietecitas, desconectadas, evadidas, ausentes... ¡ah, y calladas!

Entretanto hay un bebé, sin epidural, que sigue experimentando contracciones. Antes, había también un movimiento materno que las acompasaba y le guiaba en la bajada. Como los movimientos de la Madre Tierra de rotación y traslación, como las mareas y la luna, como todo lo que vive. Había una pareja, madre e hijo, trabajando al unísono para reinventarse como dos nuevos seres. Pero de pronto, ¡avería!. Algo se funde, se desconecta y hay un movimiento que deja de producirse, o que parece estar dirigido por una fuerza extraña, exterior, que más que acompasar, desentona. Como si a una peonza, mientras rota, se le impidiera la traslación... las probabilidades de que su danza termine en desastre son muchas ¿Y si la Tierra se olvidase de su movimiento de traslación?... No debería sorprender que los bebés se coloquen en forma errónea.

La sabiduría de la mujer-naturaleza en su parto integra también el dolor. El dolor genera movimiento por muy agotada que se esté. Entonces el dolor es una energía universal que mantiene a la madre alerta y en movimiento. Las endorfinas se encargan de hacer de moderadoras.

No quiero terminar mi comunicación sin manifestar que las epidurales son buenas. Como también son buenas las cesáreas, los fórceps, las espátulas y las ventosas. Como también lo son las inducciones y las episiotomías. Es decir: exactamente en su justa medida.

¿Y ahora? Una vez que se ha convencido a la población de que la epidural es la gran panacea del parto, maravilla de la ciencia, completamente inocua y a la que se accede por derecho ¿qué hacer?

Para empezar, ayudar a tomar conciencia a la población en general y a las mujeres en particular de que, como todo en medicina, perseguimos una gran ventaja a costa de una serie de inconvenientes; perder el miedo a hablar, claramente y al alcance de todos, de las consecuencias que existen a distintos niveles.
Los profesionales encargados de la atención al parto deberíamos hacer un curso acelerado de “Una ventaja frente a muchos inconvenientes” y ser un canal de información veraz para que la mujer tenga los conocimientos necesarios para tomar sus decisiones totalmente consciente.

Las embarazadas deben saber que después de cinco-seis centímetros, normalmente queda poco. Que pueden parir, que el dolor tiene un sentido. Que pueden pedir la epidural en el momento que deseen (aunque incordie al anestesista). Que lleguen hasta donde lleguen, deben contar con el apoyo de quien acompañe su parto. Que el respeto y el ánimo que les transmitan en ese momento aportará mucho al buen desarrollo del proceso. Cuando sientan que realmente no pueden aguantar más, probablemente ya esté muy cerca el momento del expulsivo, y eso, en muchos casos, es suficiente estímulo para no usar la epidural.
Yo, como comadrona asistencial, estaré siempre agradecida y disfrutaré del regalo que se me ofrece de participar en el nacimiento de un nuevo ser y poder darle la bienvenida al mundo, y te felicitaré de corazón por haber llegado al punto que hayas llegado•

Pilar de Armas Díaz
Matrona


Fuente: www.revistanana.com

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